El libro se imprimió en Chile en la editorial Pehuén con el auspicio de la Pontificia Universidad Católica de Chile, una de las principales universidades de América.

Por Osvaldo Mondelo*

La historia del despojo de la tierra de los Aónikenk, ha quedado eclipsada por dos grandes tragedias humanas: Una al norte, la mal llamada Conquista del Desierto y otra al sur, el genocidio perpetrado por estancieros y mineros con los pueblos fueguinos.

En ambas desventuras conquistadoras, el fusil Remington (1874-1879), apodado “Patria” por el Ejército Argentino o “Mata indio” por los estancieros y la peonada en cargada de velar la propiedad de los nuevos dueños, fue protagonista de las masacres.

A diferencia de lo que sucedió con los tehuelches septentrionales, pampas, ranqueles y otras etnias de la pampa y la Patagonia norte; en la Tierra del Fuego, (salvo una breve y sangrienta expedición de Ramón Lista) la soldadesca estuvo ausente, la mano privada se encargó de limpiar los campos de indígenas.

Al sur del Rio Santa Cruz, donde se extiende el solar de los Aónikenk, a excepción de la excursión repudiable de las tropas del comandante Roa, ordenada por el Coronel Vinnter que terminó con el cautiverio en Buenos Aires, de la pacífica comunidad de Orqueke, no hubo represión militar. Tampoco se conocen casos de balacera de particulares contra los tehuelches meridionales.

Aquí, la apropiación de la tierra originariamente indígena fue “pacífica”, pero no menos cruel. Un combo, compuesto por intereses económicos, geopolíticos y culturales trajo como consecuencia un proceso de disgregación, y transculturización de las comunidades originarias.

El avance a gran escala de la ganadería, la formación del latifundio, el intercambio comercial desigual, la venta indiscriminada de alcohol, las enfermedades introducidas por extranjeros y criollos y fundamentalmente el desamparo jurídico contribuyeron a la fragmentación de los pueblos originarios.

Muchas veces hemos leído: Hubo “un estado ausente”. Falso. El Estado, tanto chileno, como el argentino estuvo siempre presente, pero a favor de los poderosos. En los despachos oficiales de Buenos Aires, como en los de Santiago se diagramaba el progreso de una imaginaria región austral sin indígenas. La Patagonia para esta visión era un espacio vacío, apto para la ganadería, listo para el arrendamiento o la venta de tierras. ¿El indio? un sujeto invisible.

Entre los años 1902 y 1906 el Estado de Chile enajenó casi dos millones de hectáreas favoreciendo la creación de las grandes compañías ganaderas. Idéntico proceso de concentración de tierra se da en Santa Cruz, cuando el gobierno del presidente Carlos Pellegrini autoriza la entrega de alrededor de un millón de hectáreas ubicadas en el área de Río Gallegos y el sur del rio Santa Cruz.

El apetito voraz de las sociedades ganaderas, con la complicidad o la indiferencia de los gobiernos desplazará con distintos métodos a las etnias originarias de Tierra del Fuego, la región de Magallanes y el territorio de Santa Cruz.

La saga de Chümjuluwun (Mulato)

Cuando las ovejas corrieron a los tehuelches de la Patagonia, intenta develar la expansión de las fronteras nacionales (argentina y chilena) en el extremo sur del continente y sus consecuencias. La resistencia pacífica de un pueblo que resistió en el pasado y que resiste aun hoy. La tragedia tehuelche, eclipsada por la magnitud de otras tragedias humanas es una historia dolorosa, injusta y pendiente.

*Periodista diplomado.-